Quizá porque el presidente Bush lo tenga todo resuelto con su idea de sustituir el petróleo que se beben los coches por el etanol, acaba de enviarle al Congreso una propuesta que pone un clavo más en el ataúd de Amtrak. Básicamente, el presupuesto para el año que empieza contendrá un 8,5% más para autopistas (hasta 39.100 millones de dólares), un 5% más para operaciones del tráfico aéreo, y más recortes a la empresa mixta pública-privada de transporte de viajeros.
El texto es firme: 900 millones de dólares son el techo de gasto de la compañía. Proponen, para que el dinero les llegue a final de año, que recorten los servicios de comida a bordo, que subcontraten servicios, y sobre todo, ¿adivinan?... que recorten gastos salariales. El argumento: "sólo un presupuesto estrecho forzará a Amtrak a cambiar la manera en la que gestiona sus negocios", dice la propuesta, que recuerda que desde que comenzó sus operaciones (hace ya 35 años), ha perdido 30.000 millones de dólares.
Claro que desde entonces la inversión en infraestructuras ha sido cero patatero, así que alguien debería pensar que la falta de competitividad del medio de transporte, y no otra, ha sido la causa de que sea imposible cubrir gastos. En este Estado Federal, parece que la administración no ve motivos para invertir en enlaces de Alta Velocidad. Quizá las grandes distancias convierten al ferrocarril de AV en un medio más propio para el transporte dentro de un Estado que entre las distintas demarcaciones territoriales, pero... ¿Si el gobierno Federal no quiere invertir en ferrocarril, quién lo hará?
Sorprende, en todo caso, la miopía de la sociedad norteamericana, que mira con preocupación la enorme expansión económica China, y sigue pensando que los trenes de Alta Velocidad -de los que el gigante asiático va a llenar el país- son esos bonitos y caros juguetes de japoneses y europeos, que allí no se necesitan.