En un patético acto final -excusatio non petita...- el Administrador de Infraestructuras Ferroviaras dio su segunda rueda de prensa en menos de 24 horas para tranquilizar a los medios de comunicación y a sus lectores. Y eso que poco antes justificaba el largo silencio como algo normal.
Si durante la tarde del día 14 fueron los responsables de las dos empresas concesionarias de la obra y el director de la LAV los que tuvieron que comparecer a toda prisa, el día 15 fue el propio presidente del Adif quien salió a la palestra para dar datos técnicos que justifican sobradamente el hundimiento como lo que es: una eventualidad menor. Bien hecho, aunque tarde.
Los ciudadanos, que no son imbéciles, saben que las obras salen a menudo mal. Se retrasan, se caen, se hunden, su precio se multiplica... Pero lo que no pueden entender es a qué viene esa constante manía de esconder las cosas, algo que no deja de ser una variante más de mentir.
¿Era tan difícil haber dado esa misma rueda de prensa al día siguiente del hundimiento? ¿Pensaban que nadie iba se iba enterar? ¿Que nadie querría hacerles pupa con el asunto? ¿Que la apresurada visita a las obras en el embalse de Contreras, diseñada Ad Hoc para la tarea, actuaría de verdad como sordina?
Quizá Antonio González Marín y su equipo de comunicación habrán aprendido esta vez la moraleja. Esa que dice que es mejor ponerse rojo una vez que cien colorado. Que tratar como menores de edad a aquellos a quienes sirves nunca compensa.

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