Según las previsiones que ha hecho públicas la compañía, al terminar el año habrá transportado un 10% menos de mercancías que en 2007, y sólo en los últimos tres meses algunos tráficos concretos -automóviles, acero...- habrán registrado un descenso superior al 20%.
La noticia ha sido confirmada el lunes pasado por Pierre Blayau, director de la división de Transportes y Logística de la SNCF, y el responsable atribuye los pésimos resultados a la crisis económica -¿era acaso imprevisible?- y (no se lo pierdan porque es casi ciencia ficción): a la concurrencia de empresas privadas.
Claro que Blayau explica sin despeinarse en una enttrevista al diario económico Les Echos que el suyo es un proyecto a 10 años. Y adelanta que los dos siguientes serán igual de malos, al decir que "los resultados de 2009 o 2010 no cambiarán nuestra determinación".
El argumento del responsable de la SNCF es burdo y muy visible, y viene a decir algo así como: "las empresas privadas nos están haciendo mucho daño. Miren: ellas no hacen frente a los mismos costes relacionados con el personal, las jubilaciones... Y si ustedes quieren sacar camiones de la carretera para cumplir con las exigencias medioambientales... En fin: que tenemos las manos atadas".
En otras palabras, el delegado que Pepy utiliza como mensajero trata de inyectar el siguiente mensaje en la sociedad francesa: si quieren que dejemos de quemar billetes, quítennos de encima a los sindicatos. Y si no, no se quejen cuando les toque pagar impuestos durante la próxima década.
Pese a que la pomada con la que Blayau intenta enviar el mensaje a los contribuyentes es tan timorata que demuestra una irremediable falta de determinación para cambiar el estado de cosas, al de Mercancías no le falta razón: la sociedad está despilfarrando centenares de millones de euros y tirándolos a la basura para nada.
El ferrocarril francés, como el español, se enfrenta a la encrucijada. O dejarse vencer hasta la extinción por parásitos mastodónticos, organizaciones que se apovechan de una legislación obsoleta y antidemocrática en beneficio de sus miembros, y en perjuicio del resto de la sociedad, o expulsarlos para sobrevivir.
Que ésta decida acabar con la sangría es sólo cuestión de tiempo. Pero que lo haga acabando primero con el parásito, o con el huésped, depende del tiempo que se permita al primero seguir robando vida al segundo. El reloj sigue corriendo.
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