Miles de personas saludaron el paso del tren especial de Amtrak que llevó al presidente electo Barack Obama a Washington desde Filadelfia durante todo el 17 de enero. Diseñado para imitar el realizado por Abraham Lincoln en 1861 camino de su investidura, el viaje fue un acto simbólico más -quizá el último- de una larga e intensa campaña electoral cargada de iconos populares y que queda resumida en una sola palabra: esperanza.
El primer mestizo en la Casa Blanca se enfrenta a partir del 20 de enero a la mayor responsabilidad que un humano puede tener ahora mismo en la Tierra, la tarea imposible de satisfacer los sueños y aspiraciones de cambios de decenas de millones de personas -no necesariamente estadounidenses- en medio del mayor vendaval financiero desde los años 30 del pasado siglo. Cuenta, a cambio, con poco más que ese enérgico aliento, un saldo que quizá sea insuficiente para tamaña misión.
Entre las medidas prometidas por el que, como Lincoln, fuera senador Demócrata por Illinois, hay muchas que podrían cambiarle un poco la cara a su país. Y muchas de ellas tienen que ver, por cierto, con raíles. La -todavía- primera potencia del mundo se enfrenta a una encrucijada ineludible cuando se trata de su sistema ferroviario, y el equipo de Obama ya ha dado los primeros síes al clamor de peticiones: más trenes, más rápidos, para más gente. Es el tren del cambio, ¿suben?
El primer mestizo en la Casa Blanca se enfrenta a partir del 20 de enero a la mayor responsabilidad que un humano puede tener ahora mismo en la Tierra, la tarea imposible de satisfacer los sueños y aspiraciones de cambios de decenas de millones de personas -no necesariamente estadounidenses- en medio del mayor vendaval financiero desde los años 30 del pasado siglo. Cuenta, a cambio, con poco más que ese enérgico aliento, un saldo que quizá sea insuficiente para tamaña misión.
Entre las medidas prometidas por el que, como Lincoln, fuera senador Demócrata por Illinois, hay muchas que podrían cambiarle un poco la cara a su país. Y muchas de ellas tienen que ver, por cierto, con raíles. La -todavía- primera potencia del mundo se enfrenta a una encrucijada ineludible cuando se trata de su sistema ferroviario, y el equipo de Obama ya ha dado los primeros síes al clamor de peticiones: más trenes, más rápidos, para más gente. Es el tren del cambio, ¿suben?
